La
fascinación del ciudadano moderno hacia los aparatitos no es un fenómeno
novedoso. En los medios no dejan de conceder un espacio privilegiado a las
informaciones de los avances tecnológicos. Las secciones de ciencia, en lugar
de promover el interés por el conocimiento y una mayor cultura de las ciencias
entre el público, se entregan a dar cuneta de descubrimientos presionados por
las empresas o los investigadores y universidades.
La tecnología es hoy la principal característica identitaria de la época. El mismo teléfono móvil y el culto a su uso ya están suponiendo un cambio en la información que intercambiamos en la medida en que hablamos más con nuestros semejantes a través del aparatito que personalmente.
Con los iPod, iPad, los Smartphone con sus WhatsApp, el Xbox y la PlayStation, la información se ha convertido en distracción, en diversión, en una forma de ocio más que en una herramienta de realización personal o en un medio de comunicación.
Ya todo es virtual: teníamos el cibersexo, el ciberactivismo para hacer la revolución y hasta tenemos la ciberlibertad. La tendencia es alcanzar un proceso de virtualización total.
Con los archivos digitales, ya nuestras fotografías, nuestros periódicos, nuestra música, nuestras películas y nuestros libros son intangibles. Ahora todo está en un disco duro que tiene el mismo aspecto con todo eso dentro que cuando lo compramos en la tienda.
Intereses Industriales.
La fascinación tecnológica cuenta con la complicidad de todo un sistema industrial con grandes intereses.
El ritmo tecnológico nos obliga a ser esclavos de las innovaciones si no queremos quedarnos fuera de juego, convertidos en analfabetos tecnológicos, excluidos sociales.
El sistema de producción industrial también colabora en que la tecnología ocupe un lugar en nuestra vida mediante el abaratamiento a costa de otros bienes mucho más necesarios.
Los intereses empresariales en facilitar el consumo de estas nuevas tecnologías son evidentes. Si la llegada del teléfono móvil nuestras vidas supuso para muchos la continuación de su jornada laboral las veinticuatro horas del día, las últimas técnicas ya han terminado, como dice Antonio Baños, de trasladar la fábrica a la casa de los nuevos empleados.
La tecnología es hoy la principal característica identitaria de la época. El mismo teléfono móvil y el culto a su uso ya están suponiendo un cambio en la información que intercambiamos en la medida en que hablamos más con nuestros semejantes a través del aparatito que personalmente.
Con los iPod, iPad, los Smartphone con sus WhatsApp, el Xbox y la PlayStation, la información se ha convertido en distracción, en diversión, en una forma de ocio más que en una herramienta de realización personal o en un medio de comunicación.
Ya todo es virtual: teníamos el cibersexo, el ciberactivismo para hacer la revolución y hasta tenemos la ciberlibertad. La tendencia es alcanzar un proceso de virtualización total.
Con los archivos digitales, ya nuestras fotografías, nuestros periódicos, nuestra música, nuestras películas y nuestros libros son intangibles. Ahora todo está en un disco duro que tiene el mismo aspecto con todo eso dentro que cuando lo compramos en la tienda.
Intereses Industriales.
La fascinación tecnológica cuenta con la complicidad de todo un sistema industrial con grandes intereses.
El ritmo tecnológico nos obliga a ser esclavos de las innovaciones si no queremos quedarnos fuera de juego, convertidos en analfabetos tecnológicos, excluidos sociales.
El sistema de producción industrial también colabora en que la tecnología ocupe un lugar en nuestra vida mediante el abaratamiento a costa de otros bienes mucho más necesarios.
Los intereses empresariales en facilitar el consumo de estas nuevas tecnologías son evidentes. Si la llegada del teléfono móvil nuestras vidas supuso para muchos la continuación de su jornada laboral las veinticuatro horas del día, las últimas técnicas ya han terminado, como dice Antonio Baños, de trasladar la fábrica a la casa de los nuevos empleados.
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